Son una opción buenísima para acompañar el mate o el café cuando querés algo salado, casero y fácil de repetir.
Quedan doraditas, con sabor a queso bien marcado y un toque de sésamo arriba que suma crocante.

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La masa se arma rápido, no necesita grandes vueltas y se puede dejar lista con anticipación.
Ingredientes
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300 g de harina 0000
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1 cucharadita de polvo de hornear
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1 cucharadita de sal
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80 g de manteca (o margarina)
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150 g de queso rallado (reggianito o parmesano)
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1 huevo
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120 ml de leche (aprox.)
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1 cucharada de semillas de sésamo
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Pimienta, a gusto
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Orégano o perejil seco, a gusto (opcional)
Preparación
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En un bowl grande mezclá la harina con el polvo de hornear, la sal y la pimienta. Si vas a usar orégano o perejil seco, agregalo acá para que se reparta parejo.
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Sumá la manteca fría en cubitos y trabajá con la punta de los dedos hasta lograr un arenado, como migas. No hace falta amasar, solo integrar.
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Agregá el queso rallado y mezclá bien.
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Incorporá el huevo y empezá a unir la masa. Sumá la leche de a poco: primero la mitad, mezclá, y seguí agregando lo necesario hasta formar una masa firme, suave y que no se pegue demasiado.
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Pasá la masa a la mesada y trabajala apenas para que quede homogénea. Si está muy blanda, dejala 10 minutos en la heladera para que sea más fácil de manipular.
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Dividí la masa en porciones y armá “churritos” de unos 12 a 15 cm. Uní las puntas para formar las rosquitas y apoyalas en una placa.
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Humedecé apenas la superficie con un poquito de leche (o con el mismo huevo batido si querés un dorado más fuerte) y espolvoreá con semillas de sésamo.
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Llevá a horno precalentado a 180 °C hasta que estén doradas y firmes (aprox. 15 a 20 minutos, según tamaño).
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Retirá y dejá enfriar unos minutos antes de servir para que terminen de asentarse.
Tips y consejos:
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La cantidad de leche puede variar según la harina y el queso: agregala de a poco para no pasarte y que la masa no quede pegajosa.
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Si querés rosquitas más crocantes, hacelas un poquito más finitas y cocinalas 2 o 3 minutos extra, cuidando que no se pasen de dorado.
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El queso define el sabor: con uno bien intenso quedan más ricas y no hace falta sumar demasiada sal.
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Para que el sésamo se pegue bien, una pincelada finita de huevo batido ayuda mucho, pero con leche también funciona.
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Se guardan muy bien en frasco o lata una vez frías, y siguen ricas al día siguiente.
Quedan perfectas para tener listas en la cocina y sacar cuando pintan ganas de algo salado sin complicarse.
Y como se hacen rápido, es de esas recetas que se vuelven un clásico para repetir seguido.