Es un clásico que siempre rinde: base crocante, relleno cremoso y un toque cítrico que la hace más liviana.
Queda perfecta para la merienda o como postre, y lo mejor es que se puede preparar con tiempo y mantener en la heladera.

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Si respetás el punto del relleno y el reposo, te sale pareja y con una textura muy linda.
Ingredientes
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300 g de harina 0000
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120 g de manteca
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150 g de azúcar (total)
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600 g de ricota
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3 huevos + 1 yema
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2 cucharadas de almidón de maíz
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1 cucharadita de esencia de vainilla
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Ralladura de 1/2 limón
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1 a 2 cucharadas de azúcar impalpable (para espolvorear)
Preparación
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Cortá la manteca fría en cubitos y ponela en un bowl con la harina. Con la punta de los dedos, integrá hasta formar un arenado parejo, sin amasar de más para que la base quede bien tierna.
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Separá del total 70 g de azúcar y sumalos al arenado. Mezclá.
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De los 3 huevos, usá 1 huevo para la masa. Agregalo y uní todo hasta formar un bollo. Si notás que cuesta unir, seguí trabajando apenas con las manos: la manteca se va a ablandar y termina ligando.
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Enmantecá una tartera (ideal 22 a 24 cm). Estirá la masa con las manos dentro del molde, cubriendo base y bordes. Pinchá el fondo con tenedor y llevá a la heladera 15 minutos para que tome firmeza.
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Mientras tanto, hacé el relleno: en otro bowl poné la ricota y mezclala para que quede más cremosa. Sumá el azúcar restante (80 g), la esencia de vainilla, el almidón de maíz y la ralladura de limón.
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Agregá los 2 huevos restantes y la yema, y mezclá hasta integrar bien. No hace falta batir fuerte: con que quede homogéneo alcanza.
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Volcá el relleno sobre la masa fría y emparejá la superficie con espátula.
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Cociná en horno precalentado a 180 °C hasta que el centro quede firme pero con una leve vibración (aprox. 40 a 50 minutos, según horno y altura del relleno).
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Dejá enfriar a temperatura ambiente y después llevá a la heladera al menos 3 horas antes de desmoldar y cortar.
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Antes de servir, espolvoreá con azúcar impalpable.
Tips y consejos:
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La ricota influye muchísimo: si viene muy húmeda, conviene dejarla unos minutos en colador para que el relleno no quede flojo.
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Mezclar el relleno sin batir de más ayuda a que la tarta no se infle y después se hunda.
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El almidón de maíz no es para “secar”: es para darle estructura suave y que el corte salga prolijo una vez fría.
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Si querés un gusto más marcado, usá toda la ralladura del limón, pero sin tocar lo blanco para que no amargue.
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El reposo en heladera es clave para la textura final: recién fría termina de asentarse y queda más cremosa.
Una vez que la probás bien fría, se entiende por qué es un clásico: sencilla, rendidora y con ese equilibrio entre masa y relleno que siempre queda bien.